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Zlatanear

Por: / diciembre 30, 2019

La palabra “zlatanear” entró en el diccionario de la lengua sueca en 2012. Este neologismo tiene como significado “dominar con fuerza” y vaya que hace honor al responsable de su origen. Y es que Zlatan Ibrahimovic no conoce las medias tintas. Los adjetivos superlativos son inherentes a él. Con 38 años, por lo tanto, no es de extrañar que guarde apetito competitivo para volver al futbol europeo con la camiseta del AC Milán, un grande que ha deambulado en las penumbras durante, al menos, el último lustro.

Sus habilidades están fuera de discusión. Capaz de inventar una chilena a 40 metros de la portería, el espigado delantero no tiene ningún reparo en hacer propaganda propia un día sí y el otro también. La palabra rubor no figura en su diccionario. YouTube podría nombrarlo colaborador distinguido, pues sus goles podrían matar el más jodido de los aburrimientos a millones de internautas.  Pero, pese a semejante currículum futbolístico, nadie podría dudar que no es tan hábil con los pies como lo es con la lengua. Y es mucho decir.

Pocas personas en el mundo podrían exclamar que Francia es un país de mierda y salir inmunes de tamaño arrebato. Él puede jactarse de eso. Decir que sus declaraciones son una oda al narcisismo es quedarse corto. Su tono jocoso provoca que hasta los insultos más arribistas sean simpáticos allí donde las mismas palabras dichas por cualquier otro futbolista causarían, cuando menos, eterna escandalización.

Ibracadabra ha hecho de su ego y de su verborrea una muralla con doble función: protegerle de la realidad y, segunda, impedir que la misma realidad llegue a los ojos de sus feligreses. No es que el sueco sea una mentira, o que sus capacidades no sean dignas de reconocer; el asunto es que magnificar lo que ya es magnífico, además de innecesario, distorsiona la verdad de las cosas y, lo que es peor, expande la tendencia cada vez más creciente de pretender que todo en el futbol se trata de hablar en vez de demostrar, de la pose en lugar de la realidad.

Sus años en el París Saint-Germain, los mismos en que sus potentes frases se hicieron más virales, serán recordados por los sendos fracasos que, curso tras curso, protagonizó en la Champions League, de la mano de una inútil inversión millonaria de los jeques catarís. Cuando se fue del Inter de Milán, en 2009, el equipo se coronó campeón de Europa al año siguiente. Fichó por el Barcelona, (solo estuvo un año y lo más destacado fue su disputa con Pep Guardiola)  equipo que había ganado la Champions sin él, antes de su llegada, y que volvió a ganarla sin él, después de su partida.

Los entusiastas se le arrodillan  por la valentía que tiene para asumir el reto de revivir al Milán. Pero la última vez que un desafío equivalente estuvo a su alcance el resultado fue decepcionante; en el Manchester United, pasó de noche y más temprano que tarde hizo las maletas para ir a la MLS , donde siguió inundando el imaginario colectivo de frases soberbias que, de nueva cuenta, fue incapaz de respaldar en la cancha. (Carlos Vela, un hombre al que no le gusta el futbol, le ganó el duelo personal.)

Toda esta reconstrucción de los hechos puede derrumbarse cuando uno ve, por enésima vez, los remates contorsionistas que Zlatan saca del sombrero. Todos estos antecedentes pueden valer nada ante la inmensa muralla ególatra construida por frases ingeniosas e hilarantes. Uno nunca sabe. A lo mejor, en una de esas, un equipo que ha rehuido a un proyecto deportivo sólido en los últimos años, mientras arruina su gloriosa historia, sale bien librado de empeñar sus sueños de resurrección a un hombre al que le encanta “zlatanear”, pero que no sabe cumplir las expectativas que él mismo fija. Queda por ver si las palabras son más fuertes que los hechos

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