Vender humo

Por: / junio 1, 2020

Los vendedores de humo abundan. Se les ubica fácilmente. Es más sencillo de lo que se cree. Son aquellas personas expertas en el arte de la estafa. Con su labia incomparable son capaces de prometer el cielo en la tierra. Van por el mundo repartiendo dádivas a los crédulos que se entregan a ellos. Saberse vender es su única virtud. Y vaya que les es redituable, pues además de solapar su incapacidad o franca ignorancia, les proporciona un séquito de incondicionales dispuestos a defenderles hasta la degradación.

El tiempo, sin embargo —sabio como es—, se encarga de evidenciar su charlatanería. Nadie puede ser un perfecto simulador por siempre. Y cuando eso sucede, activan el manual de autodefensa: excusas infantiles, culpa a terceros, y el «yo no puedo equivocar; mira mi currículum». Llega el impostergable día del fracaso y ahí, hundidos en la humillación, no hay verborrea que pueda justificar lo que a los ojos de todos es evidente. Eso sí, sus incondicionales estarán ahí, prestos para solapar las torpezas de sus colegas. Bien se sabe: «pero no come perro».

Claro. Prometen la nota exclusiva que nadie más tiene: Jürgen Damm se irá al Borussia Dortmund. Se cae el fichaje. «No fue mi culpa», se escudan. Nunca ven un partido de la liga española que no sea del Barcelona o del Real Madrid. Es imposible sacarlos de ahí. Conocen a qué bares se van a tomar todos los jugadores de la Primera División. Pero si se les pregunta por qué perdió un equipo responderán que «porque no le echó ganas». Sus 300 mil seguidores en Twitter son más importantes que tener rigor y difundir información veraz. No hay forma de cuestionarlos. Ellos son los dueños de la verdad.

Esta columna se refiere a ellos. No a los directores técnicos. Que los hay vendehumos y a racimos. Pero Juan Carlos Osorio no es uno de ellos. El entrenador colombiano, sin proponérselo, evidenció la cantidad estratósferica de humo que venden los dueños de la verdad. Hay que referirse a ellos de ese modo. Quizá les guste. Porque a eso juegan, a ser los dueños de la verdad. Periodistas no son; analistas, tampoco. Son opinadores con más ganas de tener razón que de aprender. Por eso, cuando vino a México un tipo que hablaba con conceptos extraños, distantes al conocimiento común, lo más fácil era tacharlo de vendehumo.

Hacer periodismo es esforzarse por entender al otro. Así se trate de un criminal, de un huérfano o de un director técnico de futbol que —oh, sorpresa— tenía ganas de hablar de futbol. Descalificar está al alcance de cualquiera. Pero entender y aprender, también. Existe más información que nunca. Lo que no hay es voluntad. Voluntad por salir del lugar común, por perseguir el conocimiento en vez de perseguir la razón. Y qué tanto puede importar, si ellos, los dueños de la verdad, son los maestros del milenario arte de vender humo.

 

 

 

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