The Goodfather

The Goodfather: los valores olvidados

Por: / julio 15, 2020

Se cuenta que cuando a  Francis Ford Coppola le ofrecieron dirigir la adaptación de la novela de Mario Puzo, The goodfather (El padrino), la rechazó bajo el argumento de que era un libro vulgar y corriente, y él, por el contrario, quería continuar grabando “cine de arte”.

Las situaciones adversas que vivía como naciente director el joven Coppola, y un consejo de su gran amigo, George Lucas, fueron el impulso suficiente para que decidiera dirigir la adaptación de la novela de Puzo. Así fue, el director italoamericano dirigiría una película centrada en italoamericanos, y, sin embargo, sentenció desde el inicio que, a diferencia de una historia enfocada en las batallas de gangsters, el cual era el tema principal de la novela, el abordaría la historia como una “crónica familiar”.

En la película The Goodfather (El Padrino, 1972) se cuenta la historia de un conflicto entre grupos de la mafia y sus consecuencias en la familia Corleone. A raíz de que Vito Corleone (Marlon Brando) rechaza la invitación de Virgil Sollozo (Al Lettieri) a participar en el negocio de contrabando de Heroína y, a su vez, niega la concesión de sus aliados políticos para amparar el negocio de narcóticos, se desata una guerra que tocara  fibras sensibles en el seno familiar de los Corleone.

En la primera escena de la película podemos ver a un hombre que pide justicia para su hija, quien ha sido violentada por un grupo de hombres. El destinatario de dichas peticiones es Vito Corleone, uno de los mafiosos más influyentes de la época, quien, en un primer instante, rechaza la petición de este hombre argumentando que aquello que solicita no puede ser concedido. Sin embargo, el verdadero motivo está en la indignación que le genera, no la propuesta, sino la forma en que es planteada. Vito le pregunta que cuales son los motivos por los que lo trata sin respeto y sentencia mencionando que ni siquiera ha tenido la cordialidad de llamarlo Padrino.

Para Vito Corleone, por encima del dinero, el respeto y la cordialidad son valores de suma importancia: se constituyen a nuestros ojos como el núcleo y principal artífice de las relaciones “padrino-ahijado”. Los lazos con sus protegidos deben estar blindados por el respeto y el honor: normas que garanticen la lealtad del pacto.

La segunda secuencia es más larga, es la escena donde transcurre la boda Connie Corleone (Talía Shire), la hija de Vito Corleone. La fiesta nupcial se desarrolla en un jardín: se observa a gente bailando, riendo y platicando. Paralelo a este suceso, al interior de la casa, en el despacho de Vito Corleone, se desarrolla una serie de sucesos que contrasta con el ambiente soleado, sonoro, y verdoso del exterior de la casa. El jardín de los Corleone es anfitriona de una fiesta y su interior- como metáfora de lo clandestino- de pactos, acuerdos y contratos informales, ilegales todos ellos.

Como ocurre con los asistentes a una capilla o una iglesia, la gente que acude a El Padrino lo hace para pedir un favor o para agradecer las dadivas otorgadas.

El paralelismo de la película y el contexto sociopolítico son los lentes para significar el papel de la mafia de los Corleone.

La opinión pública ha considerado la década de los 70 como unos años difíciles, críticos, de desprestigio para los Estados Unidos.  Las decisiones de Nixon como suspender la paridad del dólar-oro que derivó en un incremento de la deuda, los crecientes gastos en el campo militar y el desastre que significo la guerra de Vietnam lastiman la legitimidad del presidente americano. Los ciudadanos ven a Nixon como un presidente endeble, incapaz de encarnar la tarea principal del Estado: la protección y la preservación del bien ciudadano.

La pérdida de la confianza ciudadana se concreta cuando Daniel Ellsberg, entonces miembro de un departamento adscrito a las fuerzas armadas, difunde una serie de documentos donde se demuestra que Kennedy, Johnson y Nixon habían mentido sobre los costos de la guerra de Vietnam, y sistemáticamente al público, congreso y prensa.

La película anhela la reintegración familiar desde la desintegración nacional. Los mafiosos italianos no son tratados como seres despreciables, no hay actitudes que denigren la identidad ítalo-americano. Por el contrario, hay un construcción simbólica distinta del criminal: evocado como un ser metódico, refinado, con principios morales y con una lealtad y eficacia mucho mayor que las instituciones legales.

La película  El Padrino es un parteaguas en el cine, no solo de mafiosos, que critica desde la oscuridad, desde lo implícito y lo disfrazado, la pérdida del estado. La pequeñez estatal provoca ineludiblemente el nacimiento de organizaciones que actúen ahí, donde el Estado es sordo, porque, paradójicamente, estas organizaciones profesan de mejor manera los valores que el Estado enuncia y reclama pero ha olvidado encarnar.

 

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