Prisas y prejuicios

Por: / mayo 25, 2020

La prisa dicta a placer en el mundo del futbol. En realidad, lo hace en todos los renglones de la vida. Casi nadie tiene la elemental sensatez de dejar de pensar en el futuro. Ella, la prisa, juega con la voluntad de una forma tan inclemente que solo el futbol puede igualar. Así, una joven eminencia que era promesa a los 18 años se convierte en fracaso irremediable a los 22. No hay puntos medios. En la misma línea, alguien que no ha sido convocado a su selección a los 23 años no aspira sino a entrar en la categoría de jugador del montón. El margen de aprendizaje, al que todo atleta está expuesto, queda rebasado por el ansía de tener todo brillo posible en la menor cantidad de tiempo. Prisa por tener éxito, por ganar una Champions, prisa por vivir.

Afortunadamente, esta costumbre insana ha tenido opositores entrañables: Aritz Aduriz es uno de los más distinguidos. Los mejores momentos del atacante vasco llegaron después de los 30 años. Antes de esa edad, marcó 59 goles; después de ella, 159. Son cifras que bastan por sí mismas para cerrar cualquier debate. La teoría que segrega a aquellos que no deslumbran durante su juventud futbolística queda desmontada y ridiculizada. Pero a los inmediatistas nada les es suficiente. No es cuestión de los aficionados, sino del pensamiento predominante en la industria. Un directivo, y no sin razón, dudaría en invertir 40 millones de dólares por un futbolista maduro, en torno a los 30 años, que vive un gran momento, pero que en cualquier momento puede apagarse. Aunque si de ser racionales se trata, el mismo directivo no se lo piensa mucho al despilfarrar 100 millones de euros por el «nuevo Cristiano, Messi, Neymar, Pelé» de en turno.

No se trata tampoco de ensalzar nostalgias baratas. Sobreabundan las frases hechas: «el futbol le llegó tarde», dicho que pretende ser aplicable para gente como Aduriz o AntonIo Di Natale y, en el contexto mexicano, para delanteros como Jared Borguetti u Oribe Peralta. No. El futbol no es un hada madrina que aparezca mágicamente. Siempre está ahí, puliéndose, aguardando el momento preciso para salir a la luz. Como en todo trajín de la vida puede haber una sorpresa; de tal modo, quien solía ser intrascendente, destinado a calentar bancos eternamente, deja perplejos a los escépticos y aniquila los prejuicios de la edad a punta de goles. Detrás de ello, no hay suerte ni milagros; hay trabajo y aprendizaje.  ¿Quién tiene el reloj omnipotente que indica cuándo es temprano y cuándo es tarde? Forjar un destino propio, ajeno a los caprichos de los demás, es un acto de valentía que ningún obsesivo de las fechas de nacimiento puede eclipsar.

Se ha dicho constantemente que en el futbol no existen los prejuicios ni las limitaciones selectivas que imperan en otros deportes. Aquello de que «un tipo bajito puede ser el mejor de todos». Pero el futbol mantiene prejuicios claros. Y en este submundo, lo peor del asunto es que no alcanza con los hechos para que esos prejuicios se vayan al diablo. Nunca se pagarán 60 millones de dólares por un jugador como Aduriz. Y no es necesario. No hay dinero que pague lo que estos tercos del balón le enseñan a todos. En una época en la que todos tienen prisa, en la que todos persiguen los mismos sueños, ellos cultivan la paciencia, una palabra que parece censurada del diccionario futbolístico.

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