La maldición del superlíder

Por: / junio 16, 2020

El Bayern Múnich podría alcanzar su octava liga consecutiva el día de hoy. Y si no lo hace hoy, lo hará el siguiente fin de semana. Tanto da. El asunto es claro: en Alemania hay un equipo que reina a placer. Del mismo modo que la Juventus y el PSG lo hacen en Italia y Francia, respectivamente. En España, las ligas ganadas en la última década por el Real Madrid y el Atlético (entre ambos, tres) apenas alcanzan a maquillar la hegemonía del Barcelona.

Inglaterra es asunto aparte. O eso parece, porque exceptuando al Leicester City, la Premier League solo se la han llevado tres equipos distintos desde 2010 a la fecha: Chelsea, Manchester United y Manchester City; aunque, desde luego, la presente edición que el Liverpool ganará inminentemente deja en claro que el balompié de la Isla es el más competitivo de Europa, o el menos monopolizado.

Resulta imposible negar que en el futbol europeo priva una enorme desigualdad entre los equipos poderosos y el resto de competidores. Ese factor es fundamental al observar que año con año son los mismos quienes pelean por el título y por los puestos de competiciones continentales. Sin embargo, se sigue tratando del mejor futbol del mundo. En donde ganan quienes verdaderamente lo merecen. El mejor futbol del mundo no se juega en aquellos lugares donde el doceavo lugar tiene oportunidad de salir campeón.

Para ganar ocho campeonatos al hilo, como sin duda lo hará el Bayern, se necesita algo más que dinero. La constancia, competitividad, renovación, hambre de triunfos, no son condiciones que tenga cualquiera. Y es que ganar una liga casi siempre carece de la emoción que brindan los duelos directos, a vida o muerte. Esos duelos que se encuentran en la Champions o, guardando las (astronómicas) distancias, la liguilla del futbol mexicano. Por ello, es común escuchar que «en Europa siempre ganan los mismos; por eso me gusta la Liga MX, porque aquí cualquiera le puede ganar a cualquiera». Claro, si en Alemania hubiera liguilla, el Friburgo podría ser campeón todavía. Desde esa lógica, la justicia deportiva, por ser elitista, pasa por aburrida; mientras la mediocridad democrática pasa por entretenida.

No está mal aceptar la mediocridad: identificar virtudes y defectos forma parte intrínseca del tortuoso acto de vivir. Y hay que decirlo con todas las letras: el futbol mexicano es mediocre y siempre lo será.  Claro, siempre existirán buenos jugadores, partidos memorables, técnicos eminentes. Pero en su conjunto siempre será mediocre. No se trata de ningún hilo negro. Se sabe y se dice.  Cada cambio de franquicia, compra de plaza y demás jugarretas sucias, condenan al pomposo futbol mexicano al purgatorio de la mediocridad. Y no es el fin del mundo. Dicen que la felicidad pasa por encontrar el punto medio. Ni bueno ni malo: mediocre. Porque quienes tienen el poder real son mediocres y algo más (corruptos, por ejemplo).

El aficionado mexicano, el de verdad, siempre ha conocido la dimensión de su futbol. Por más que los medios insistan en que la gente es la encargada de inflar expectativas, cuando son precisamente ellos los que venden ilusiones y luego las hacen añicos. El asunto es que, como en todo fenómeno masivo, en los últimos años han llegado muchos aficionados de papel. Modistas, en una palabra; mamadores, en jerga internauta. Dicen querer al futbol mexicano pese a sus defectos. Modismo puro y duro. El verdadero aficionado no anda con tibiezas: odia al futbol mexicano, pero no lo deja de ver. El modista ama y se ilusiona; el conocedor odia y no cree en nadie. Evidentemente, hoy existen más los del primer grupo.

Un buen día los modistas descubrieron la Liga MX en la televisión o en la redes sociales y ahora todo les sorprende, les indigna o les ilusiona. O las tres al mismo tiempo. Van descubriendo que a los empresarios no les importa el deporte, solo el dinero. La inocencia cuando se combina con esnobismo tiene resultados graciosos.

Antes reconocer la mediocridad era un requisito para disfrutar, sin falsas expectativas, de lo que se veía. Hay que volver a esa normalidad. Que no significa indiferencia ni sumisión. Es más probable cosechar el pensamiento crítico con los pies en el suelo que encima de una nube de humo. Luego queda el futbol de los elitistas. Bienaventurado el Bayern Múnich, que desconoce la maldición del superlíder.

 

 

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