Los archivos del balón

Por: / mayo 1, 2020

Uno de los recursos más socorridos por los amantes del balón, para estos días de confinamiento, han sido los partidos viejos; aquellos que se quedaron grabados en la memoria, aunque en circunstancias normales viven empolvados. No es que se les olvide por completo, pero siempre será más fácil echar un vistazo de cinco minutos al primer resumen que aparezca en YouTube. La FIFA y la UEFA han colaborado con multitud de cotejos y las televisoras han echado mano de su filmoteca. Mención aparte para el sitio Footballia, que se dedica a la recopilación de partidos históricos, poseedores de un acervo que se asemeja al paraíso en la Tierra.

Nunca será lo mismo ver cualquier evento deportivo en vivo que diferido. La emoción del instante es, en gran medida, lo que hace del futbol un fenómeno incomparable. A nadie le gusta que su señal vaya diez segundos retrasada: significaría que alguien ya gritó el gol que apenas está por caer de este lado. Si bien ese factor vivencial resulta irrebatible, hay aspectos de los partidos grabados que deben valorarse. Porque a nadie le cabría duda que la final de la Champions League de 2011, entre Barcelona y Manchester United, tiene mucho mayor valor, desde cualquier ángulo, que algún partido insípido e intrascendente que se miraría por mera rutina, sin importar cuán en directo fuese.

No se trata de menospreciar, pero sí de poner en perspectiva. Si el futbol dejara de existir el día de mañana, seguro que millones le echarían de menos, y cuántos no caerían en profunda depresión. Sin embargo, son innumerables la cantidad de recuerdos, goles inolvidables, alegrías, quebrantos, que el balón le ha proporcionado a la humanidad desde 1863. Durante estos días sin partidos, ¿cuántos debates se han abierto?, ¿cuántos otros, eternos y cansados, han vuelto a la palestra? Hasta el fin de los tiempos se seguirá discutiendo si Argentina hubiera sido campeona del mundo en el 94 con Maradona en la cancha; los lamentos sobre las lesiones de Ronaldo Nazario retumbarán sin remedio; y si Mejía Barón no se guardaba los cambios contra Bulgaria, y si La Volpe convocaba a Cuauhtémoc en 2006…

Con todas sus imperfecciones (que son las que lo hacen perfecto) el futbol ha sido fuente inagotable de conversaciones, debates y desencuentros: cuántas amistades no se fraguaron gracias a la redonda, pero cuántas más no se hicieron añicos al calor de las palabras y, desde luego, de los golpes. El cliché dice que recordar es volver a vivir. Más certero es decir que los aficionados al balón, los verdaderos, viven en el constante recuerdo. Y es que el futbol es un nido de autorreferencias sin punto final. Ante ello, rememorar partidos de antaño, tanto los que fueron vistos como aquellos disputados en épocas lejanísimas, no puede ser sino benéfico para la cultura futbolística individual, y (ojalá) colectiva. Cada vez es más difícil decirle a una persona (nacida en las últimas dos décadas) que no vio jugar a Pelé, Maradona, Cruyff, Beckenbauer o Platini.

Casi nunca hay tiempo para esos partidos. No hay modo de negarlo. La superabundancia de torneos, información, otros contenidos audivisuales (series, documentales, películas, y ahora los e-sports) relegan a los juegos históricos al último renglón de importancia. Ni siquiera se puede decir que en estos días hayan salido de ahí, y es seguro que en el futuro, cuando este letargo termine, quedarán más arrumbados que nunca. Ojalá el futbol vuelva y no se le tenga que extrañar nunca de nuevo. Pero si no volviera, los archivos del balón tienen mucho que contar.

 

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