La cuarta pared

Por: / marzo 18, 2020

El futbol se ha tomado un descanso. Involuntario y forzado, pero descanso a fin de cuentas. Las pantallas se quedarán sin emociones en vivo, para dar paso a repeticiones exhaustivas. El COVID-19 ha doblegado el voluntarismo que rodea a los magnates del balón. Ahí donde todavía hace una semana se disputaban partidos a puertas abiertas y aquí donde pensaban adelantar partidos, la pandemia devuelve a su dimensión humana a un mundo que gusta de coquetear con la divinidad. La realidad, inapelable como es, parece requerir la más elemental coherencia para hacer frente a un problema de consecuencias todavía imposibles de dilucidar.

En estos tiempos, donde el escepticismo tiene un prestigio tan infundado como dañino, el parón del futbol en casi todo el mundo no puedo sino significar un mazazo a la indiferencia. La época en la que se consumen más noticias basuras resulta ser la misma en la que se le resta importancia a un virus capaz de hundir a las bolsas bursátiles. Precaución no es sinónimo de alarmismo; y ecuanimidad no debería serlo de escepticismo. Sí, es verdad que las personas que mueren por la nueva cepa del coronavirus son menos de las que se recuperan del mismo; en suma, se trata de un asunto que requiere atención y sobriedad sí por lo que causa pero, sobre todo, por lo que podría causar más allá de los hospitales, en el mundo interdependiente en el que una pieza débil derrumba castillos.

En cuanto al césped, el listado de futbolistas contagiados es tal que, a estas alturas, se podría hacer un once ideal con entrenador y presidente incluidos. Aunque sea difícil recordarlo y nunca se piense en ello, también son de carne y hueso. Y son vulnerables. Respiran el mismo aire que el resto de mortales. En Argentina, River Plate se ha negado a jugar partidos; la Copa de la Superliga se disputó este fin de semana a puerta cerrada. El castigo para los de Marcelo Gallardo, en caso de no presentarse a jugar dos partidos más, sería un descenso. Por cuidar su salud, la vida en sí, el ‘Millonario’ volvería a perder la categoría en la cancha, aunque la ganaría fuera de ella. En una cátedra de cómo perder la categoría (dentro y fuera del campo), Boca Juniors no respaldó a su rival y argumentó, cual niño berrinchudo, una situación del pasado cuya comparación es absurda. River parece vivir en un mundo paralelo, en el que ni sus pares ni el gobierno parecen entender lo que está pasando. El problema con los grandes problema es ese: todo el tiempo todos ignoran qué sucede.

Se dice que la cuarta pared se rompe en la televisión (entre muchas variedades) cuando los personajes le hablan a los espectadores, asumiendo que son parte de una ficción. En estos días tan convulsos, los futbolistas, declarados como seres humanos, tangibles, al alcance de los males que afligen al mundo, han roto la cuarta pared. Y seguirlo haciendo figura como muestra de responsabilidad. Los jugadores que han contraído el virus recuerdan la fragilidad del ser humano, incluso de aquellos que son vistos como deidades. Sin futbolistas no hay futbol. Algún día volverán los partidos, pero mientras tanto, conviene entender de una vez por todas que el deporte más popular del mundo no es inmune a la realidad.

El público también se ha revalorizado. Con su ausencia de los estadios, deja claro que el futbol nunca podría ser el mismo sin él. Los partidos transmiten la emotividad de un partido de golf y hasta una carrera de canicas es más emocionante. El aficionado, tan desdeñado en variadas oportunidades, reafirma que su presencia no es un artificio, sino parte sustancial del juego. Por tiempo indefinido, ambos tendrán que esperar para volverse a reunir en los estadios e interactuar a través de las pantallas. El futbol se toma un descanso. Se lo toma porque es obligatorio. Y, sobre todo, se lo toma porque, cada tanto, es necesario que la cuarta pared se rompa, para recordar que la dimensión humana es la que une a dioses con plebeyos.

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