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Jorge Valdivia: la vida en cámara lenta

Por: / abril 29, 2020

No es una época fácil para los artistas del balón. La velocidad sideral con la que se vive el juego provoca miradas de soslayo hacia los futbolistas esculpidos a la vieja usanza. Jorge Valdivia lo sabe. El Mago ha pasado sus días en el césped luchando contra un sistema que aborrece a su estirpe. Cierto es, también, que el propio volante chileno orquestó una suerte de autosabotaje en diversas etapas de su carrera; sus indisciplinas, su alma bohemia, parecían eclipsar las reliquias que sus botines atesoraban.

Valdivia debutó en la Universidad de Concepción, cedido por Colo-Colo, equipo donde se formó. Un par de aventuras europeas, en el Rayo Vallecano y el Servette de Suiza, son el único registro que el Viejo Continente documenta de él. No se puede decir que nunca jugó en Europa, pero sí que sus cualidades nunca pudieron ser puestas a prueba en el futbol élite. Pese a ello, su paso por el Palmeiras le colocó en la lupa global. «Está demostrando internacionalmente, como lo hizo antes en su país, que puede jugar en cualquier parte del mundo. Creo que es uno de los grandes jugadores que tenemos en el fútbol mundial», declaró Carlos «El Pibe» Valderrama en 2008. «Te entrega pincelazos distintos; no para la selección chilena, pincelazos distintos para el futbol mundial», dijo Jorge Garcés, exseleccionador de La Roja.

Luz y sombra coexisten en la odisea del nacido en Maracay, Venezuela, país donde su padre, empleado de una aerolínea, se encontraba laborando en 1983. El deslumbrante futbol exhibido en Chile y Brasil  (fue condecorado como mejor futbolista del Brasileirao) convivía con juergas que le valieron sanciones amargas: 20 partidos de suspensión luego de una parranda en Puerto Ordaz, durante la Copa América 2007. Marcelo Bielsa, una vez asumido el cargo como seleccionador, disminuyó a 10 el número de partidos. El Loco entendía la importancia de contar con un jugador decisivo en el pase final y con un juego entre líneas implacable. Pero con Bielsa, no correr es pecado capital. Ante esa tesitura, el rosarino jugaba sus cartas por Matías Fernández, enganche con mayor capacidad de sacrifico y generoso en las coberturas.

El Mago, sin embargo, resultó fundamental en el partido que le dio el boleto mundialista a Chile. Frente a Colombia, tras entrar de cambio en el primer tiempo por un lesionado Mati, Valdivia dio una cátedra inmaculada: todos los goles nacieron de sus pies. Así, los trasandinos volvieron a una Copa del Mundo luego de 12 años de espera. En ese tiempo, de 2008 a 2010, el Al-Ain de Emiratos Árabes Unidos gozó de sus pincelazos, tras comprarlo por 8 millones de dólares. En Medio Oriente, el chileno provocó una conmoción sin precedentes; la idolatría que la afición le profesaba llevó al mandamás del equipo, ‎Mohamed Bin Zayed Al Nahyan (también propietario del Manchester City), a ofrecerle un contrato vitalicio. El estratega del club, el alemán Winfried Schäfer, mencionó que «todo en él es muy inteligente; necesita jugar libre».

Ya en tierras mundialistas, Valdivia no pudo lucir su versión estelar; de nuevo, aparecieron los cuestionamientos por su nula capacidad defensiva cuando el equipo no tenía el balón. Su estado físico no fue el mejor. «En el Mundial me sacaron sangre a la fuerza para jugar». Sin importar los momentos grises, el aprendizaje obtenido con Marcelo Bielsa le marcó para siempre. «Es el mejor de todos», ha mencionado el volante.

De vuelta en el Palmeiras, Valdivia completó su legado en el Verdão. El equipo descendió, pero se quedó y ayudó para subir a primera de inmediato. Consagrado como ídolo en Brasil, disputó su segundo mundial. La frustración lo envolvió en aquel 2014, pues no pudo marcar diferencia ni ser indiscutible para el cuadro de Jorge Sampaoli en la tierra que conocía como nadie, en la que había desplegado su mejor futbol.

La Copa América 2015 de Chile era una cita con el destino. Valdivia tenía su última oportunidad para entrar en los libros de historia del futbol chileno. Y lo consiguió con letras de oro. En la fase de grupos carburó su juego, pero a partir de cuartos de final, el mago displicente rompió a las defensas rivales; otros ponían el sacrificio, él se dedicaba a pensar.

En menos de un mes, había sintetizado una vida. Ya no importaban los sollozos nostálgicos del «lo que hubiera podido ser», «es que si fuera disciplinado». La mirada vidriosa de Lionel Messi lo decía todo. En su tierra, el artista dio a luz a su Opus Magnum. Profeta en su diferentes latitudes, el 10 podía ponerle una pausa eterna a su vida en ese instante. Que otros corran. El lienzo tiene que llenarlo alguien.

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