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Fracaso de todos

Por: / marzo 1, 2020

A nadie debería sorprender que el campeón del futbol mexicano esté en el último lugar de la tabla general. Se trata del mismo equipo que hace tres meses llevó al límite al Liverpool en el Mundial de Clubes. En aquel diciembre (que parece haber sido hace veinte años), luego de firmar un decoroso papel en la justa asiática y de ganar un título pleno de emotividad, a nadie le cabía duda que Monterrey era un gran equipo, con muy buenos jugadores y excelente dirección técnica. Ocho jornadas del presente torneo parecen borrar todo el idilio gestado hace un par de pestañeos.

La rapidez con que se borran los triunfos y las derrotas en el ecosistema de torneos cortos no deja de ser sorprendente, por más normal que se haya vuelto. Al campeón nadie lo volteará a ver en seis meses, o en ciertos casos, ni siquiera el día de su coronación. Un equipo puede acumular torneos desastrosos, pero basta una buena racha para que su suerte cambie. Puede que por la forma en que consiguió el titulo, y por su casi proeza contra el campeón de Europa, lo que hizo Rayados traspase las fronteras del inmediatismo y la desmemoria, y en unos años ambos episodios sigan recibiendo millones de visitas en YouTube. Sin embargo, hoy en día nadie resiste la tentación de llamarle fracaso al momento que viven y, cómo no, decir que sus logros fueron obra de la suerte.

Monterrey no ganó por causalidad ese campeonato. Ni tampoco la Concachampions que lo llevó al tercer lugar del mundialito. Es claro que se trata de uno de los equipos más serios de México. Tampoco es un mérito titánico, pero hay que admitir la intención de ser serios y dignos en un futbol que coquetea seriamente con la idea de eliminar el descenso. La obsesión que existe en la prensa y en la afición de etiquetar constantemente a algo o alguien con la palabra fracaso ha encontrado en el equipo del Mohamed al chivo expiatorio perfecto. Suena muy contundente decir que «Monterrey es el peor campeón de la historia«, como se escuchará una y mil veces en las próximas semanas.

Si el sistema de competencia no permitiera que el octavo lugar pudiera ser campeón, es claro que Rayados, que entró en octavo lugar y fue campeón, no sería «el peor campeón de la historia». Si los federativos usarán un poco de su poder (o al menos lo intentaran) para que México volviera a los torneos sudamericanos, el roce internacional que se obtuvo por jugar tres partidos en Qatar (así haya sido contra el Liverpool uno de ellos) podría multiplicarse por treinta. Pero, por ahora y quizá de aquí a la eternidad, parecen más preocupados por fortalecer la «rivalidad» con la MLS, ese cuento que entre unos y otros llevan más de veinte años tratando de vender.

El fracaso de Monterrey es, en realidad y más certeramente, el fracaso de un sistema. Cuando el campeón de la liga pasa a ser, en un lapso de dos meses, el peor equipo del campeonato no hace falta un microscopio para ver que los filtros de competencia están colapsados. Monterrey aprovechó las circunstancias y ahora estas se aprovechan de ellos. Es normal. Todos estos años de cortoplacismo y desmemoria han hecho que se mire como costumbre premiar los chispazos. Premiar la constancia podría evitar decepciones y condenas exageradas, pero ello conllevaría que la palabra «fracaso» bajara su frecuencia de uso, y si eso pasara, muchos se quedarían sin nada que decir.

 

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