Eyes Wide Shut: mascaras

Eyes Wide Shut: máscaras

Por: / julio 28, 2020

Más inteligente que la media, joven irreverente como la mayoría. To cool for the school: autodidacta y narcisista- todos los autodidactas son, de algún modo, narcisistas-. Aficionado desde joven al Jazz y al ajedrez. Observador y fotógrafo precoz. Ausente en las aulas, petrificado en el cine. Habitaba el cine, y el cine lo habitaba a él.

Nació el 26 de Julio de 1928 en el Bronx, Nueva York. Hijo de una familia judía acomodada, Stanley Kubrick es un personaje, en muchas ocasiones, insondable. Su legado cinematográfico no se reduce a su carrera en activo. Hoy, Kubrick es un eco presente en el cine.

En su última película, los ojos más extraordinarios que se hayan visto en un ser humano- en palabras de Nicole Kidman- plasman un conflicto moral-erótico que se cruza con una trama mística y sombría.

Eyes Wide Shut (Ojos bien cerrados, RU-EUA, 1999) es el decimotercer y último largometraje de Stanley Kubrick. El filme es una adaptación de la novela publicada en 1926 Traumnovelle (Relato soñado), escrita por el austriaco Arthur Schnitzler.

En la película se narra la odisea y crisis del Dr. Bill Harford (Tom Cruise), quien a raíz de una confesión, enmarañada de pasión y rencor, de su esposa Alice (Nicole Kidman), busca catarsis a través de una aventura sexual. Esta motivación lo llevara, antes que al clímax, al desmoronamiento.

 En la travesía, Bill Harford experimenta confusión, arrepentimiento y sospecha: todos estos sentimientos, naturales en cualquier relación matrimonial- al menos esa percepción germina en el imaginario colectivo- son motivo y arrepentimiento; búsqueda y pérdida; Abjuración y retractación.

Bill y Alice acuden a una fiesta que tiene como anfitrión a Victor Ziegler (Sydney Pollack): un hombre que, rápidamente, se nos presenta como un millonario y exitoso hombre de negocios.

El vínculo del matrimonio del Dr Harford y Alice con Ziegler es a través de Bill, quien, aparentemente, ha sido el médico, y a la vez cómplice, de Ziegler. ¿Por qué cómplice? El misterio de la complicidad se desvanece rápidamente.

Durante la celebración, Alice tiene que ir al baño y el matrimonio es separado por esa necesidad biológica. En ese paréntesis, en el bar, Alice parece esperar a su esposo, y sin embargo recibe a otro personaje

Un  misterioso hombre llamado Sandor Szavost comienza a flirtear con Mrs Harford. El dialogo que entablara Alice y el hombre de origen húngaro está repleto de eufemismos e invitaciones. La enunciación de Alice penetrada por el licor y deformada, quizá, por el atractivo del europeo hacen creer al espectador que lo que vera a continuación será una infidelidad.

En uno de los pasillos de la mansión,  Bill  conversa con dos modelos que, aparentemente, conocen el final del arcoíris. La alegre platica entre este trío se ve interrumpida por un hombre que confiere a Bill la necesidad de su presencia en uno de los cuartos de la mansión. El auxilio lo solicita  Ziegler, quien, a parte de anfitrión, es huésped de una mujer que aparentemente ha mantenido relaciones sexuales con él y, asimismo, simultáneo al coito, ha ingerido drogas que le han producido una sobredosis.

La fiesta solemne, elegante, de buenas maneras y buen gusto es también la oportunidad del despilfarro, la irreflexión y el exceso.

Esa noche, Alice decide no ceder a un deseo momentáneo motivado tal vez más por mezcla de alcohol en la sangre que por el propio atractivo de Sandor. De igual forma, Bill, por razones totalmente distintas a la de su consorte, no logra conceder a las alegres modelos la purificación de su excitación.

Los espacios de socialización de la gente “importante” a menudo son retratados como eventos nocturnos. Es decir, es la luna el astro perfecto para ambientar las cenas, ceremonias, bailes, reuniones que usualmente son actividades rutinarias de la burguesía o- si el concepto le parece incomodo-  clase alta.

La velada solemne es al burgués, lo que la visita al burdel al obrero: hablando, claro está, de representaciones y arquetipos. Tal vez la vigilia del día los incomoda, y es el sosiego nocturno la oportunidad del placer inquieto e insaciable.

Un día después de la fiesta, Bill y Alice fuman marihuana antes de dormir. Mientras se rolan el porro, Alice cuestiona a su marido sobre si ha tenido sexo con el par de mujeres de la noche anterior. Harford, no sin antes disfrazar la pregunta como estúpida con una carcajada, responde que no.

La plática comienza a circular por temas escabrosos y curvos cuando Harford, ahora con el rol de interrogante, pregunta a su esposa sobre el hombre con el que bailó en la mansión de los Ziegler´s.

El juego detectivesco rinde frutos, para desgracia de Bill. Alice enuncia un monologo feroz sobre los prejuicios masculinos hacía la mujer, que consecuentemente terminara en una confesión confusa. Alice, confiesa, ha sido infiel en pensamiento con un marino que vio en el último viaje realizado por la pareja.

La seguridad de Harford, sostenida y anclada a prejuicios como el de que una mujer casada jamás buscara una aventura con otra persona porque el deber doméstico y materno, así como el vínculo matrimonial destrozan, o reprimen, cualquier deseo de adulterio, se pulveriza.

Después de la discusión de la pareja, Bill tiene que salir porque uno de sus pacientes ha fallecido. Ese es el instante donde comienza la travesía plagada de insinuaciones sexuales. La cadena de proposiciones eróticas comienza al margen del luto. La hija del fallecido confiesa al médico su amor y deseo.  Bill no cede y abandona el lugar para deambular por las calles de Nueva York.

En la gran manzana, una misteriosa y atractiva mujer invita a Bill a su apartamento. La chica resulta ser una prostituta, y la invitación resulta ser una venta. Parece que sucederá, pero una llamada de su mujer frustra la coronación. Después acude a un Jazz bar y se encuentra con un amigo, que ya había visto en la fiesta de Ziegler, que lo sumerge, no sin reservas, en una fiesta donde solo es posible acudir disfrazado y con mascara.

El taxi que esperará a Bill en la salida es su error, pronto sabremos que todos llegan en limosina.

Conforme la noche avanza, los sucesos se tornan más extraños y perturbadores. Bill acude a la misteriosa reunión. La fiesta está repleta de gente disfrazada y enmascarada. El espectáculo es el de una orgia: gente mirando, gente fornicando.

Bill toma el rol de voyeurista, no se atreve. A pesar de que en su cabeza se aferra la imagen de su esposa siendo besada por el marinero, Bill escatima. ¿Es la infidelidad imaginaria suficiente incentivo para una infidelidad vengativa en el plano real?

Bill, en el fondo, más permeado por lo inmoral, no cede. Lo que significa ser infiel que es el incentivo suficiente para reprimir no solo el sentimiento de despecho, sino el deseo sexual.

Una serie de señales le hacen saber a Bill que está actuando con motivación insulsa e insuficiente, en el fondo todas estas sensaciones se acumularan, alimentaran, y se evaporaran no sin antes haberlo llevando por la exhibición del exceso y mostrarle el precio del mismo.

La noche es la oportunidad de esconderse. La gente poderosa es también temerosa: si ellos pudieran, llevarían mascara todo el rato.  Se saben indistinguibles porque no hay luz que alumbre y los desenmascare para hacerlos ver como personas que no importa cuán buenas tradiciones adopten y hereden, sus deseos y vicios son los mismos que la mayoría, sólo que, con la pequeña diferencia, tienen todo para cumplirlos.

 

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