El balón de Gadafi

Por: / febrero 10, 2020

Los dictadores se llevan bien con el futbol. Resultaría extraño encontrar tirano alguno, en el último siglo, que no haya hecho del balón cuando menos un aliado estratégico. Según reza el método del pan y circo, la número cinco tiene grandes atributos para conectar con las masas y mantenerlas adormiladas; además, bien sirve para extender el culto a la personalidad a un ámbito que transpira popularidad.

Muamar el Gadafi, líder supremo de Libia durante 42 años, es un distinguido huésped. No le hacía gracia la afición que despierta el juego. En principio, consideraba absurdo que la gente se conglomerara para asistir a un estadio. Lo equiparaba a entrar a un restaurante para ver comer a otros. «Los aficionados al fútbol y a los deportes son completamente idiotas», escribió en su Libro Verde. Además, como es común en los países gobernados por dictaduras, los partidos de futbol eran los únicos resquicios donde la gente podía zafarse de la bota aplastante.

De acuerdo con  un informe del Departamento de Estado de Estados Unidos, citado por el periodista Simon Kuper en su libro Futbol contra el Enemigo, se afirma que la primera muestra de descontento por parte del pueblo libio contra el régimen se dio en un partido de futbol, en 1996. El árbitro otorgó un penal dudoso al equipo del que eran aficionados los hijos de Gadafi. Los guadaespaldas, adentro del recinto, dispararon contra los rebeldes improvisados. No fue casual que los coléricos cánticos antigadafistas se extendieran por las calles al terminar el encuentro.

Uno de aquellos hermanos, Al Saadi el Gadafi, sería pieza clave en la consolidación del futbol como cuestión de Estado. El capricho del hijo del dictador era jugar en la selección nacional de Libia. Lo consiguió, y no sólo eso, pues ostentó un cargo triple al mismo tiempo. Jugador y capitán de la «Los Caballeros del Mediterráneo«, era también presidente de la Federación Libia de Futbol.  Pero, pese a todo, guardó cierto pudor. O más o menos. Saadi contrató al autor del episodio más grotesco en la historia del deporte olímpico, Ben Johnson, para que le entrenase personalmente. El atleta canadiense, a quien le fue retirada la medalla de oro en Seúl 88 (luego suspendido de por vida por reincidir), también había sido entrenador de Diego Armando Maradona. El argentino no tardó en sumarse como asesor personal del príncipe, con el propósito de enseñarle «algunos trucos». Saadir llegó por decreto dictatorial, pero se esmeró por encajar.

 

El «Pelusa» se hizo amigo de Saadi (asistió a su boda como invitado de lujo) y aduló sin rubor al coronel Muamar. Recomendó a Carlos Salvador Bilardo, para dirigir a la selección de Libia. El «Doctor» rechazó la oferta,  pero el régimen no aceptaría un desaire. Días después se entrevistó con Saadi y terminó aceptando el cargo. En un comentario casual, Bilardo dijo que las oficinas petroleras que estaban al lado de la federación eran lindas. Un mes después, las oficinas petroleras eran las de la federación. El técnico campeón del mundo con Argentina en 1986 estuvo un año en Libia, venció a Malí para acceder a la fase de grupos de las eliminatorias rumbo a Corea-Japón 2002, y se marchó. Un año fue suficiente para que el bilardismo dejara estela en aquella tierra recóndita.

Papá no escatimaba en caprichos, aunque se tratara de aquel deporte de los aficionados estúpidos. Impulsó la carrera de su hijo más allá de las fronteras libias. Fue así como Saadi llegó a la Serie A, fichado por el Perugia. Sin pisar el campo, el discípulo de Ben Johnson y Diego Maradona dio positivo en el antidoping. Ironías perversas donde las haya. Sólo disputó diez minutos y pasó al Udinese. Ahí jugó otros quince. Su odisea por el Calcio finalizó en la Sampodoria, donde no jugó ningún partido.

Italia le gustaba a los Gadafi.  No es raro, tomando en cuenta el pasado colonizador italiano en Libia. De 1989 a 1995 la empresa nacional petrólera Tamoil lució en la camisera del Atalanta. Posteriormente, la marca sería sponsor de la Juventus, como antesala de la compra del 5,3% de las acciones del equipo turinés por parte del régimen libio en 2002. Saadi dijo que la intención era llegar al 20%. Ese mismo año, la Supercopa Italiana, jugada por la Juve y el Parma, se disputó en Trípoli, capital libia.  Para 2008, cuando Silvio Berlusconi quería deshacerse del AC Milán, veía con buenos ojos a su amigo Muamar como comprador. El 20% de las acciones bianconeras que ambicionaba Saadi terminó encogiéndose hasta llegar a un 1,5%, que fue confiscado por autoridades en 2012, un año después de la muerte de Muamar Al Gadaffi y de la caída de su dictadura.

Los Gadafi golearon a Libia infinitas veces y no precisamente dentro del campo, pero las vejaciones en el engramado no fueron menos humillantes. En el año 2000, aficionados del Bengasi incendiaron la Federación y exigieron la renunciar de Saadir, en protesta por decisiones arbitrales que favorecieron al Al Akhdar Al Bayda, equipo de la ciudad natal de Safia Farkash, esposa de Muamar y madre de Saadir. El hijo del Líder de la Revolución se hizo a un lado (volvió diez meses más tarde), no sin antes desaparecer al Bengasi de la liga libia. Sin embargo, el equipo fue refundado ese mismo año. En un partido que los enfrentó al Al-Ahly Trípoli, el equipo de Saadi, volvieron a padecer la maquinaria de Estado. Se fueron arriba en el marcador, pero dos penales en contra y un gol mal anulado les devolvió la rabia de meses antes. En esta ocasión, los aficionados del Bengasi comenzaron a abandonar el estadio, pero fueron obligados por soldados a mantener los ojos en el atraco, que terminó 3-1.

Muamar el Gadafi fue asesinado en 2011. Al-Saadi Gadafi, capturado en 2014. Libia sigue convertida en un infierno, ahora en forma de Guerra Civil. «Los aficionados al fútbol y a los deportes son completamente idiotas». Autocrítica involuntaria y profética. ¿Pan y circo para el pueblo? ¿O pan y circo para el dictador? Los Gadafi se metieron autogol.

 

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