Ser bueno

Por: / julio 6, 2020

En el futbol todos quieren ser «el mejor». Ese objetivo, sin embargo, está al alcance de muy pocos, o de nadie. Por ello, el consuelo que queda es «ser mejor» que alguien. Ante esta realidad, se vuelve necesario decir que la mayoría de los futbolistas se parecen demasiado entre sí. Alguna diferencia habrá entre los defensas de la liga chilena y la escocesa, sí. Pero quién se desvelaría en saber cuáles son dichas diferencias. A los ojos de cualquier ser humano todo es muy similar en este juego. Más allá de que la uniformidad marque la pauta, nadie renuncia a la legítima aspiración de ser mejor que alguien. En una sociedad donde el éxito ha sido beatificado, el mérito no consiste en lograr algo por cuenta propia sino en ver tropezar el desdichado de al lado.

Entre tanto culto al éxito, vale la pena hacerle un espacio a aquellos a los que les preocupa simplemente ser buenos. No los mejores, aunque se codean con ellos. Los buenos se saben buenos. No se ocupan de ver fracasar a otros. No están en la cima, pero tampoco forman parte del montón. Son tipos a los que todo mundo quisiera en su equipo. No se inmutan si alguien les supera en calidad, ni tampoco están pendientes de la desgracia ajena. Algunos podrían decir que son conformistas, que algo les faltó para llegar la cima de la cima, que con un poco de suerte su lugar sería todavía mejor. Ya se sabe: esas demagogias de la cultura estadounidense. «Ganar no es lo más importante; es lo único». Ese cáncer que trasladado al futbol ha gozado de amplia aceptación. Por doquier parecen decir: «No basta con ser bueno; hay que ser el mejor».

Habría que preguntarse, aunque sea brevemente, qué significa ser bueno. En principio, ser bueno entraña saber de qué se trata el cuento este jugar al futbol. Como el médico que sabe cómo curar a un paciente y, con la mano en la cintura, hace una revisión de diez minutos, escribe la receta y asunto terminado. Ser bueno implica resolver pequeños infiernos de manera constante. Que si un mal día el equipo no ha podido quebrar a una férrea defensa rival, aparece alguien que es bueno, desborda a dos marcadores, recortar por dentro, dispara y gana el partido. Y lo hace por diez años, por quince; luego se retira, toma un año de descanso y decide, por sus pantalones, volver a jugar un rato más.

Arjen Robben no era buen jugador. Porque nadie diría de él que «solo» era un buen jugador. Era un gran jugador. No fue el mejor jugador del mundo porque hubo un puñado de elegidos que le superaban. Seguro que poco le importó. Un extremo derecho, de perfil zurdo, que juegue a perfil cambiado, tendría que tomar al holandés como ejemplo inevitable. Esa posición, incluso, podría llevar su nombre sin mayor problema y a todos sería más fácil saber qué es un extremo derecho zurdo a perfil cambiado. La diferencia es que nadie hará lo que él hacía. Todos los jugadores de ese puesto pueden parecerse a Robben, pero pasarán unos años para que alguien sea igual de bueno. No es lo mismo jugar de Robben que jugar como Robben.

Verlo en la cancha era como tomarse una Cola-Cola. Sabor conocido, pero siempre agradable. Estaban Messi, Cristiano y algunos más, por eso no fue el mejor. Pero ser bueno la alcanzó para ser el mejor jugador de su selección y (junto a Ribéry) el mejor del Bayern Múnich en la última época. No es poca cosa. Son las ventajas de ser bueno sin querer ser el mejor: lo que venga será ganancia. Ganó varios títulos y una Champions. Anotó muchos goles idénticos. Sí, era predecible. Lo era porque el talento es predecible. Todos saben lo que harás, pero saben que será algo bien hecho. El mundo necesita menos del vomitivo culto al éxito. Basta con ser bueno.

Bienvenido de vuelta, señor Arjen.

 

Comentarios