Apología de la grandeza

Por: / marzo 9, 2020

Todo aficionado al futbol con buen corazón se emocionó en algún grado cuando el Leicester City se coronó campeón de la Premier League. Por poner un ejemplo entre tantos. De esos que son necesarios para revalidar, cada cierto tiempo, el amor por el juego. Las hazañas de los chicos, desfavorecidos y desamparados, son indispensables en un futbol que transpira hegemonía. Durante los últimos años, en los que las desigualdades se han apoderado por completo de las canchas, equipos de esa estirpe son un bálsamo de fe, pues dotan al aficionado de esa dosis vital de sorpresa y milagro.

La subsistencia de este deporte depende de ese equilibrio. Es conmovedor ver ganar a quien vive en las paredes de la irrelevancia o la desdicha. Pero, con el debido respeto para esos héroes y una vez dejada en claro su función, hay que decir, con todas las letras, que los equipos grandes son los irremediables dueños del balón. Insustituibles y soberbios, entre sus infinitas encomiendas, figura hacer que los proezas de los chicos sean proezas de verdad. Sin ellos, equipos de historia centenaria y vitrinas colmadas, no habría a quien arruinarle las fiestas. Y aunque las desigualdades también hayan servido —en este continente— para igualar el nivel de los grandes con el de los chicos, nadie puede dudar que hay camisetas que juegan por sí solas, cargadas en sus hebras de un aura resistente al tiempo, el dinero y los tropiezos.

Real Madrid, Juventus, Liverpool, Bayern Munich, América. Odiados, amados, repudiados, idolatrados; indispensables. Mienten quienes dicen que es fácil ser aficionado de un equipo grande; en realidad, puede que existan pocas cosas más difíciles en el futbol que profesarle fanatismo a alguno de ellos. Las derrotas se vuelven eternas, porque cuando un titán cae se cimbra la tierra. Las victorias son obligación, y hacerlo sin las formas adecuadas es incluso peor que perder. Hay, en todos los países, al menos un equipo grande. En varios, hay dos; en otros, hasta tres. Los equipos grandes, si se repasa la geografía futbolística, son más comunes de lo que se piensa.

Si abundan tanto y algunos, a decir verdad, son tan similares, ¿que lo hace especial a un equipo grande? Hay que voltear al barrio de La Boca, ahí donde juega, quién si no, Boca Juniors. Boca es un equipo millonario entre los pobres, y pobre entre los millonarios. Nunca podrá realizar un fichaje astronómico y, como Iván Marcone lo dejó claro, regatear precios es una táctica fiable. Carlos Tevez dejó Europa y volvió a casa, De Rossi cumplió su sueño de jugar en La Bombonera, Riquelme rechazó al Manchester United de Alex Ferguson. ¿Por qué? ¿Por qué el equipo más ganador del continente tiene menos dinero que Los Angeles FC o el Inter de Miami, que llevan dos días de existencia? ¿Por qué Boca puede tener entre sus aficionados tanto a Mauricio Macri como a un obrero que gana lo justo para comer al día?

Boca no gana la Libertadores hace casi trece años. Perdió dos finales en ese lapso, una contra River, esa marca eterna que carcome los huesos. Y a 60 mil personas reunidas en un vetusto estadio parece no importarles. Ellos van. Ellos celebran y gritan. Campeonato número 34 de liga. Se celebra como el primero, como si mañana se acabara el futbol, o el mundo, que en el idioma Boca son lo mismo. Boca es un equipo grande, de centenaria historia y vitrinas colmadas. Boca es un equipo al que lo han hecho grande los pobres y desamparados. Boca existe para la grandeza. Boca es grande porque juega como chico. Boca es una dosis eterna de fe en el futbol.

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