Estampas de un nuevo siglo: Cruz Azul en la Libertadores

Por: / mayo 9, 2020

El inicio del siglo XXI trajo consigo horizontes nuevos para el futbol mexicano. Con la incorporación de los equipos aztecas a los campeonatos sudamericanos, apasionantes historias estaban por tejerse. Una de las más significativas es, sin duda, la que escribió Cruz Azul en 2001. La ‘Máquina’ vistió a todo el país de celeste. Jamás un equipo mexicano despertó tanto entusiasmo conjunto. No era para menos. Los pupilos de José Luis Trejo se aventuraron a explorar tierras inhóspitas en una travesía que cautivó a un país entero.

Para ganarse el derecho a jugar la Copa Libertadores, los cementeros tuvieron que sortear un extenso camino. Primero, con la Pre Pre Libertadores, un pentagonal disputado contra Atlante, Pumas UNAM, América y Atlas, durante agosto de 2000. Posteriormente, los ganadores, Cruz Azul y Atlante, accedieron a un cuadrangular denominado Pre-Libertadores, que tuvo lugar entre octubre y noviembre del mismo año, en el que también participaron los equipos venezolanos Deportivo Táchira y Deportivo Italchacao. Cruz Azul salió avante del selectivo sin mayores contratiempos; resultó líder con cinco partidos ganados y un solo traspié. Una vez con el boleto en mano, el sorteo lo emparejó con São Caetano, Defensor Sporting y Olmedo, en el grupo 7.

El plantel confeccionado por José Luis Trejo aglutinó a jóvenes surgidos de las fuerzas básicas con experimentados jugadores mexicanos y extranjeros. Trejo se formó en la escuela para entrenadores del Bayern Múnich, luego de haber jugado los último años de su carrera en la segunda división alemana. Su debut como timonel se dio con Toros Neza. El siguiente paso sería Cruz Azul Hidalgo, filial de los celestes en el ascenso, donde conoció a la camada que más tarde llegaría al primer equipo: Melvin BrownNorberto Ángeles, Tomás Campos, Alberto Hernández y Víctor Gutiérrez. Esa base estaría potenciada por la experiencia de Óscar ‘Conejo’ Pérez y Francisco Palencia, también hechos en casa, además de foráneos distinguidos como Ángel ‘Matute’ Morales, Julio César Pinheiro y Javier Galdames. Las incorporaciones de José Saturnino Cardozo y Sergio Almaguer (refuerzos a partir de los octavos de final) relegaron al banquillo a Héctor Adomaitis y Juan Reynoso.

Los de La Noria arrancaron de forma inmejorable el torneo venciendo 2-0 a Defensor Sporting. El conjunto uruguayo llegó a la Ciudad de México con un invicto de 35 partidos, que vio final gracias a los tantos de Palencia y Gonzalo Belloso. Ante Olmedo, la ‘Máquina’ ganó sus dos cotejos (3-2 y 2-1), y solo dejaría escapar puntos en sus salidas contra el mismo Defensor Sporting (2-3) y contra São Caetano (1-1), equipo al que venció en el Estadio Azul (1-0). El cruce de octavos los enfrentaría con Cerro Porteño. En el estadio La Nueva Olla, los paraguayos sacaron una ventaja de 2-1; para la vuelta, Cardozo haría pesar su condición de refuerzo, pues dos goles suyos, y otro más de Ángel Morales, catapultaron a Cruz Azul a los cuartos de final.

Las paradojas nunca pueden estar disociadas del futbol mexicano. Dos ejemplos como muestra: Cruz Azul tuvo que descuidar el torneo local para centrarse en la Libertadores. De tal forma, concluyó el Verano 2001 en el lugar trece de la clasificación general; y en un caso todavía más inverosímil, mientras un equipo mexicano peleaba por la cima del continente a nivel de clubes, la selección mexicana ponía en riesgo su asistencia al mundial de Corea-Japón 2002. El mandamás del ‘Tri’ en aquella hecatombe, Enrique Meza, declararía años después que fue un error de su parte no obligar a los futbolistas celestes a disputar los compromisos eliminatorios. Su sucesor, Javier Aguirre, contó con la suerte de que su periodo coincidiera con el fin de la Libertadores. Así, pudo contar con los elementos mexicanos más destacados de aquel plantel. El tiempo dictaminaría, sin embargo, que únicamente Palencia y el ‘Conejo’ serían asiduos en las nóminas del ‘Vasco’.

Con la siguiente llave en puerta, el apoyo a Cruz Azul rompió toda barrera. No solo por parte de su afición; el país entero, sin importar colores, estaba de su lado. Esa «Azulmanía», como la bautizó Guillermo ‘Billy’ Álvarez, provocó que el equipo se trasladara a la cancha del Estadio Azteca para disputar el partido contra River Plate. En aquellos días, ni siquiera la selección mexicana era capaz de llenar en su totalidad el histórico recinto. Luego de un 0-0 cerrado en Buenos Aires, la ‘Máquina’ recibió a Los Millonarios ante 100 mil almas exultantes, que asfixiaron al cuadro de Américo Gallego. El talento de Javier Saviola, Ariel Ortega y Andrés D’Alessandro, no pudo sobreponerse a la locura desatada en el Coloso. Doblete de Palencia y uno de más de Cardozo. Cruz Azul se metía entre los cuatro mejores del continente por la puerta grande.

Aquel once celeste se caracterizaba por su equilibrio. La línea de tres zagueros en el fondo otorgaba seguridad a Gutiérrez y Pinheiro para sumarse al frente; en el mediocampo, Galdames y Hernández lo mismo recuperaban que se desprendían para aportar en la construcción ofensiva. ‘Matute’ Morales, el enganche, tenía libertad para moverse por el frente de ataque. Su toque de calidad marcaba la diferencia en momentos clave. Palencia, en plena lucidez, salía del área para tirar apoyos y participar del juego. Cardozo, aunque se mantenía más fijo, no desestimaba la oportunidad de salir de su hábitat cuando era necesario. En el banquillo, Emilio Mora era un cambio recurrente, que ya en fase de grupos había demostrado su valía como revulsivo.

Otro rival argentino y otro día de júbilo para el Estadio Azteca. Rosario Central llegó una semana antes del partido para aclimatarse a la altura de la capital, pero en el campo Cruz Azul borró al equipo de Edgardo Bauza. 2-0 con las firmas de Cardozo y Palencia. Se hacía costumbre. Para la vuelta, el ambiente hostil en el ‘Gigante de Arroyito’ no intimidó los mexicanos. En un cotejo trepidante, que terminó 3-3, los celestes se graduaron ante todo el Cono Sur. El equipo de la Santa Cruz no le tenía miedo a nada. Ya en los vestidores, Palencia se dio el lujo de celebrar el triunfo con una Pepsi jumbo. Posiblemente un refresco tan grande como la hazaña que habían logrado. Dulces tiempos. La final no podía ser más perfecta: les esperaba el Club Atlético Boca Juniors, vigente campeón del certamen y vigente campeón del mundo, tras superar al Real Madrid en la Copa Intercontinental 2000.

El Estadio Azteca no era desconocido para los Xeneizes. Habían estado ahí un año antes, cuando el América los tuvo contra las cuerdas. En las semifinales de ida, Boca goleó 4-1. Pero en la revancha, las ‘Águilas’ hicieron uso de su facultad mística para empatar el global, resultado que les daba el boleto virtual a la final por gol de visitante. Un cabezazo milagroso de Walter Samuel arruinó la hombrada azulcrema. A diferencia de River y Central, el equipo de Carlos Bianchi sabía que el Coloso de Santa Úrsula tiene vida propia. Cruz Azul, irreconocible, no hizo pesar su localía y cayó 1-0 con gol de Marcelo Delgado. Ironías de la vida: el ‘Chelo’ había jugado entre 1994 y 1995 para los cementeros, y volvería a hacerlo en 2004. Además, en aquel partido alineó Christian ‘Chaco’ Giménez, entonces un talento en ciernes; años más tarde, ídolo absoluto de la entidad celeste.

Cruz Azul tenía la obligación histórica de restaurar el orgullo y la ilusión que había inspirado. La Bombonera, pletórica e imponente, era la prueba máxima. La oncena de Trejo salió a provocar al campeón del mundo sin el menor rubor. Juan Román Riquelme, el director de orquesta xeneize, no encontró los espacios que sí tuvo en el partido de ida. Sin Martín Palermo, traspasado al Villarreal medio año atrás, Bianchi improvisó a Walter Gaytán como punta. Por su parte, el equipo azteca no contó con ‘Matute’ Morales, debido a una fiebre. Su lugar fue ocupado por Tomás Campos, y sería el volante mexicano el encargado de dar el primer aviso de peligro: un zurdazo suyo hizo temblar el poste de Óscar Córdoba. Al minuto 45, Palencia envió el balón a las redes. Enmudeció al gigante de hormigón, pero hizo más que eso. Por encima de todo, dejó una escena eterna para el futbol mexicano. Al narrador de la final, Marcelo Araujo, se le fue la voz. Su silencio fue el silencio de la Bombonera. Semejante mudez era más emocionante que un grito desgarrador.

Solamente los penales pudieron doblegar el arrojo celeste . Riquelme imploraba al cielo que Dios jugara de su lado. Cruz Azul puso de rodillas al campeón del mundo el 28 de junio de 2001. Después de ese día, la ‘Máquina’ perdería siete finales (cinco de liga, dos de Concacaf), para consagrar una leyenda negra que no ha logrado exorcizar. La penitencia parece perpetua a 19 años de distancia. Sin embargo, en aquel principio de siglo, las estampas indelebles que dejó Cruz Azul permanecen brillantes. No salieron de Argentina con la Libertadores por lo alto. Quizá eso hubiera arruinado la historia. Nunca antes, y nunca después, una derrota fue tan perfecta.

 

 

 

 

 

 

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