El tipo que sabe

Por: / enero 13, 2020

 

 

Todo lo que vale la pena escuchar sobre futbol lo ha dicho César Luis Menotti. Entre una de sus infinitas reflexiones se encuentra aquella que dictamina que «de futbol todos hablan, pero son pocos los que saben». Resulta imposible resistirse a opinar sobre el fenómeno planetario más encumbrado en el firmamento. Partidos hay todos los días, a todas horas. Nadie se pierde el más insignificante detalle de lo que sucede con los dioses de carne y hueso, esos que traspasan las más herméticas barreras; de pronto, un país como Arabia Saudita, en el que se violan los derechos de las mujeres, puede permitir que ellas asistan con el rostro descubierto a ver partidos de equipos españoles que nada deberían estar haciendo en aquellas tierras. Quién osaría decirles que no a los 120 millones que la Federación Española aceptó para jugar tres años seguidos el campeonato que, se supone, debería enfrentar al campeón de Liga con el campeón de Copa.

Sería milagroso que alguno de los asistentes al estadio Rey Abdullah de Yeda pudiera señalar a Uruguay en el mapa; los nombres de Alcides Ghiggia y Juan Alberto Schiaffino les traen sin cuidado; conocen a Luis Suárez porque lo ven cada semana en televisión. Ahora conocen a Federico Valverde, porque una falta suya impidió un posible gol, que hubiera dado el título al Atlético de Madrid. Se dieron cuenta de lo que pasó, porque ciegos no son, pero la «la garra charrúa» no figura en su léxico. El derecho a apoyar a un equipo que no es del país propio a nadie puede negársele. Ni a los árabes ni a ninguna persona. Tan libre es el mexicano que se enreda en la bandera del Real Madrid como el japonés que le rinde pleitesía a Boca Juniors. Para qué vivimos en un mundo globalizado, sino para que las tristezas locales sean sosegadas con triunfos transmitidos por satélite.

En Senegal también hay aficionados furibundos del Madrid y del Barcelona. Nunca los podrán ver en directo, y seguramente prefieren comer antes que pagar televisión por cable. Ellos, como todos, quieren opinar de futbol. Seguro que lo hacen. Hoy tienen en Sadio Mané a un embajador que recuerda  una de las más grandes paradojas del futbol: un deporte regido por la desigualdad y la corrupción es capaz de sacar de la pobreza a un niño con todas las de perder que se pueden tener en la vida. Dicho de otro modo, el futbol rescata a los condenados, que han sido condenados por el mismo sistema que hace del futbol una industria multimillonaria.

El hábil atacante del Liverpool ha preferido construir escuelas y hospitales en lugar de derrochar dinero en frivolidades. Un esfuerzo individual plausible sin duda, que no acabará con ningún problema de raíz, pero que hace un poco de justicia. Juega en el mejor equipo del mundo, es el actual Balón de Oro africano y su talento es superior al de cualquier futbolista surgido de Arabia Saudita, Emiratos Árabes Unidos, China, Estados Unidos, Japón, Qatar, y todos esos países que descubrieron de un día para otro que estaban enamorados del futbol. Esos países que gozan de poder económico, que son de clase alta. Ricos que son esnobs, al mismo tiempo; mueren de ganas por ser parte de la elite futbolística.

Sus aficionados no tienen nada de especial, como ellos los hay en cualquier rincón del mundo. Sus jugadores son tan desconocidos para el mundo como para ellos lo son Ghiggia y Schiaffino. Sus millones no aportan nada al futbol, más bien terminan por convertirlo en esclavo del dinero: alguien podría sugerir la buenísima idea de ver una final de Champions League entre equipos de la tercera división de San Marino, y nadie diría nada; el que paga manda. El futbol siempre está en riesgo, pero palidece de verdad cuando los opinadores, además de ser ignorantes, tienen poder para influir. No todo está perdido. Quedan tipos que saben. Queda Sadio Mané.

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