ENTRE COLORES: SUFRIR QUE SE GOZA

Por: / octubre 20, 2017

“En su vida, un hombre puede cambiar de mujer, de partido político o de religión, pero no puede cambiar de equipo de fútbol”

(Eduardo Galeano)

La elección de cómo vivir y sufrir cada fin de semana se tiñe de colores que terminan por marcarnos toda la vida, o al menos así debiera ser. Sucede que, en ocasiones, el corazón no soporta tantos desamores y sucumbe antes otros tonos y matices que parecieran hacer la vida menos gris. Pero otros tantos más, a pesar de la desazón comulgan con la fidelidad.

En la infancia, cuando apenas comenzamos por asomarnos al vasto universo del balompié, es cierto que de pronto muchos nombres hacen ya ruido en nuestras mentes, así como vistosas jugadas que parecieran ser más sacadas de un libro de fantasía y hechas por héroes de épicas que por mortales. El estruendo armonioso de la hinchada en el estadio no hace más que embelesar a aquéllos que le escuchan y, qué decir de ese vocablo que guarda tras de sí mucho más: ¡Gol!

Entre todo aquello que bosqueja una historia nueva sobre el césped en cada partido, hay algo que no puede ni pasará desapercibido: los colores. Sí, cada club intenta distinguirse de entre el resto, no sólo por su juego al pisar la cancha, sino también por el distintivo del color.

Si bien, esto termina por ser un aliciente, podría –o no—contraponerse a algo que pareciera que debemos saber de manera innata o bien por herencia familiar. Aquí, la geografía también podría determinar el nombre del equipo que gritaremos con orgullo y defenderemos a la menor provocación.

Inevitable resulta el no sucumbir ante la mezcla de color que. De acuerdo a un estudio realizado (http://www.colormarketing.org/) en 2014, por la asociación internacional para profesionales del diseño de color, The Color Marketing Group (CMG), identifica que los colores equivalen al 85% de la razón por la que una persona elige un producto sobre otro, algo que no pasa de largo en el futbol.

No resulta casual que cada equipo al pisar el campo de batalla, se diferencie del otro justamente por los colores.

Ante todo lo ya dicho, el reflejo de nuestra personalidad también resulta determinante en los colores de cierto equipo. Esto no sólo en quienes desde infantes se acercan al arte de dar patadas, sino también en aquéllos que ya mayores, por vez primera se dejan llevar por el dulce vértigo que provoca el balón cuando rueda en el verde. Nos vemos reflejados en esos colores que nos representan, pues no hacen sentir únicos, e irónicamente, al mismo tiempo nos homogeniza con los que no conocemos.

Y como toda pasión, el futbol hace estallar los sentidos a lugares inimaginables. La estética que enamora a la vista trasciende en colores que nos permiten: soñar, evocar, sonreír, aunque también las lágrimas y las pesadillas que oscurecen los sentidos. El único sentir que seguramente está presente durante los 90 minutos –más el descuento—de la Epopeya es el nerviosismo.

Con el paso del tiempo hay quienes con una fidelidad que pareciera traspasar los límites, siguen profesando amor a esos colores desde tiempos inmemorables, a pesar de que, tal vez, su equipo no sea de esos que pagan exorbitantes sumas de petrodólares por la estrella del momento, o aún más común; los resultados y sequía de trofeos les mantenga fuera del ojo mediático. Hay otros más, que se instalan en la comodidad de los número o de la moda, y olvidan el juramento devoto para terminan por arrancarse de la piel y el alma esos colores, aunque, puede que nunca los hayan sentido suyos.

No todos enferman de futbol, y está bien, al final ocurre que el gusto por el futbol es eso solamente. Otros encuentran mortales que patean al universo para alzarse con la gloria.

Colores que dictan la sentencia para cada fin de semana. El dramatismo que hace ebullición en lamentos o clamor. Masoquismo que extrañamente se disfruta y en cierta manera se busca.

  • ¿Desde cuándo le vas a ese equipo?
  • Desde siempre, desde que era niño.
  • ¿Y por qué le vas?

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