CONDICIONANDO LO INCONDICIONAL

Por: / agosto 2, 2017

“El amor es eterno mientras dura” (Vinicius de Moraes)

El astro Rey baña las gradas como un regalo, otras tantas veces enrojece y se abraza al azul del cielo para estallar en tonalidades de colores indescriptibles, y ni qué decir de la mirada lunar que se corona con estrellas tintineantes y la oscuridad profunda, tan infinita como la pasión de aquéllos que partido tras partido dejan de ser uno para ser todos. Aficionados que han jurado amor eterno a su club, esperando lo mismo de quienes portan los colores amados dentro del césped, pero sucede que para los jugadores este romance suele ser breve, más que incondicional es condicional.

El sentido de pertenencia es sumamente crucial para el hincha del futbol. Estadios que jornada tras jornada parecieran temblar, pero hacen más que eso: laten. Un solo corazón de incontables feligreses que roban aliento al silencio entre cánticos e injurias. Los seguidores de un club hacen precisamente eso, acompañan a su equipo hasta el fondo del abismo y a los más alto del Olimpo; pero resulta inevitable no sentir una natural predisposición por ser seducido por aquel jugador que porta la “10”; que hipnotiza la redonda para hacer de ella lo que le plazca, aquél que evita goles ya hechos con lances fuera de la realidad,  por los piratas que con barridas quirúrgicas roban balones como si del mayor tesoro se tratase o por quien de pronto ha descifrado el acertijo del gol.

Desde tiempos inmemorables este espectáculo deportivo ha consagrado a jugadores que con piernas calientes y mentes frías cincelan jugadas que podríamos confundir con poesía. El balompié rápidamente fue cosechando apasionados fervientes en lugares inverosímiles, y esto no pasó desapercibido para aquéllos que aman el futbol cuando el número de ceros es el correcto.

Más que un balón, 11 jugadores, el club o sus fieles masoquistas el arte de patear es hoy día una industria mercantil donde todo puede ser vendido. Ya lo dijo Juan Villoro “El futbol es aquello que sucede entre los anuncios y a veces al mismo tiempo.” (Dios es redondo).

El interés avasallador que la redonda genera ha propiciado que todo en él gane valor monetario y lo pierda en lo sentimental. Ante esto –tristemente—, los futbolistas parecieran haber cambiado de profesión para convertirse en embajadores del consumismo, llevando tatuados los colores verdes del dólar. Es aquí cuando nos damos cuenta que los jugadores son ya una marca registrada, la cual es exageradamente cara; nombre y número en el dorsal que desafortunadamente parecieran tener más peso que el club mismo.

De pronto “más que un equipo” hablamos de transnacionales que no se contentan con ser reconocidos a nivel regional ni nacional, buscan que sus colores y banderas ondeen con fuerza en países que ni siquiera sabían que existían.

El jugador profesional es aquel que logró hacer de su realidad un sueño tangible. Le pagan por hacer lo que le gusta, profesión que puede erigirlo como un héroe mítico o como alguien que pudo ser pero nunca fue.  La naturaleza parece haber bendecido a algunos cuantos elegidos que antes de caminar aprendieron a jugar. Para las empresas que tejen este cuento llamado futbol no pasa inadvertido la importancia de los simbolismos y la necesidad –o necedad—humana de creer en algo y alguien. Y es así que nos encontramos con la forma más lucrativa de hacer dinero. Los empresarios venden, compran y prestan al actor principal de este deporte, tratado como mero producto, aunque como en todo, hay nombres y piernas más caras que otras.

El éxito a nivel futbolístico pareciera que por ley marcial no sólo trae como consecuencia títulos y reconocimiento, también el que de pronto dinero comience a desbordarse como cascada, además, de un momento a otro grandes clubes requieren de sus servicios. Es aquí donde el ídolo, la nueva figura hace temblar a la fanaticada que jornada tras jornada coreaba su nombre, a los infantes que cuelgan imágenes suyas en sus paredes y cuando juegan en el barrio cambian su nombre por el de él. El temor llega porque el éxito deslumbra y al mismo tiempo nubla, no la mente sino el corazón.

La megalomanía y egocentrismo explotan como supernova en el jugador y le susurran con malicia que los ceros en su contrato o renovación no son suficientes, que su nombre necesita escucharse con mayor fuerza que la de sus compañeros. Adquiere una necesidad incoherente de querer ser más que otros, olvidando que sin la complicidad de los demás él no podría ser. “El futbol no sería nada sin la presencia de los otros. Acabar una jugada es menos importante que crearla” (Eric Cantona).

Vaya complejidad la del futbol. ¿Es acaso un deber del futbolista decidir su futuro tomando en cuenta la opinión de un conglomerado? ¿Es justo que la opinión pública crucifique al jugador por elegir algo con lo que ellos no comulgan? El crecimiento desproporcionado de los medios de comunicación irrumpe también en el terreno de patear el balón, transfigurándolo de un deporte a un reality show. Ante estas decisiones sólo hay un juez que dicta si se ha acertado o errado en alguna elección: el tiempo.

En el balompié la eternidad es fugaz, hay nombres que se han olvidado ya y otros más –en menor medida—que aún se evocan y resuenan en la memoria a pesar de los años, esto no depende del número de ceros con que llegaron a un club sino por cómo dieron la vida en ese bendito sacrificio de cada partido.

La estrella solar carcome nuestras ideas pero no el alma, de pronto se oculta y se pierde en el telón oscuro infinito de la noche que se electrifica con una Luna que quisiéramos acariciar como a la redonda. El estadio está pletórico, banderas ondean con la fuerza de una dulce tormenta y los fieles galopan entre cánticos que hipnotizan hasta a los más cuerdos. Un jugador nuevo ha llegado al equipo; otro nombre por aprender, y al igual que muchos otros que han pasado por ahí besa el escudo con tal pulcritud y fervor que en ese rito de comunión todo lo ilusorio termina por parecernos verdad.

 

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